viernes 29 de mayo de 2009

El orden


Cada día que pasaba era prácticamente igual que el anterior. Nada nuevo, ninguna motivación, más que distancias y problemas para poder encontrar aquello que siempre buscó. Todo eran trabas, y sino, dudas. Recelos y envidias, o pérdidas de lucidez.

Sea lo que fuese, aquel día era diferente. La casa olía a nuevo, incluso a limpio. Todo el desorden se había esfumado. Estaba confundido, sin saber que poder hacer realmente con tanto orden. Era tan retorcidamente ordenado que incluso le repugnaba. Él era feliz dentro de su desorden.

La respiración comenzaba a agitarse. Las pupilas, dilatadas, y los puños cerrados, ardientes de golpear a lo primero que se le cruzara por su vista, que, en este caso, fue la puerta del comedor. Un golpe seco.

No comprendía su reacción.
Tal vez era susceptible a los cambios de vida
O no estaba preparado.

Puede que fuera el detonante.

Pero aquel día, sin comprenderlo, rompió a llorar.

Agarró una pequeña maleta que tenía de cuero, algo sucia y desgastada, pero de un tacto exquisito. Abrió su pulcro armario y agarró lo primero que encontró: un par de pantalones, zapatos, alguna que otra camisa, y ropa interior.

Echó el último vistazo a la casa. Giró sobre si mismo, inspeccionando aquello con lo que había convivido. Sonrió. Y escupió al suelo.

De un portazo, bajó las escaleras.

Una vez dentro del coche, coge su teléfono móvil. Después de unos segundos, una voz al otro lado pregunta quién llama. Responde:

- Te echo de menos.