Corría en mes de agosto, pleno verano en la mitad norte del ecuador terrestre.
Un pequeño banquito rojo parecía llamarle. Había vagado durante un largo tiempo a lo largo de las vías, desde un pequeño refugio a modo de cabaña que él mismo se había construido con unos cuantos maderos, cartón y mucha, mucha paciencia.
Decidió sentarse. Sus piernas se relajaron y sintió un pequeño hormigueo. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad reinante, conseguían trazar algunas siluetas a lo lejos: un antiguo almacén ferroviario, con su depósito de agua para las antiguas locomotoras a vapor, algún que otro vagón abandonado, lleno de adornos, palancas de agujas de vías y algunos travesaños retirados con la remodelación.
El aire era puro. Infló sus pulmones, y lo soltó con el mismo énfasis que lo había insuflado. Llegó a sentir que el mundo se detenía, aunque sólo fuesen unos instantes, los suficientes para sentirse único, menos desgraciado, y, como no, sólo de nuevo.
No era el mismo desde aquel día. 4 de enero, jamás se le olvidaría, porque el día antes habían estado charlando de sus regalos, de lo que iban a descubrir el día 6, de sus ansias y nervios... Maldecía constantemente a aquel hombre que le arrebató a su otra parte, a su conciencia, a su confesor desde muy niño, a su mejor amigo... La imagen de su amigo sobre aquella luna del coche cuando llegó al lugar, no se le escapaba.
No conseguía encontrar a nadie. Se había encerrado en ese mundo, en su mundo, antes compartido, ahora en solitario. No pudo contener una pequeña gota, que atravesó su mejilla.
De repente, esa gotita fue secada por una mano ajena. Pablo se sobresaltó. Rápidamente, esa mano fue apartada, y una dulce voz le habló:
- Es que no tenía un pañuelo, dijo ella.
- Me has asustado de verdad.
- No era mi intención, replicó.
- Me llamo Pablo.
- Yo Elisa.
Hubo un pequeño silencio.
- ¿Qué haces aquí, solo, a estas horas? Preguntó ella.
- Pues supongo que lo mismo que tú, dijo él.
Ambos rieron.
- Una gran noche, ¿verdad?
- Preciosa...-dijo ella- ¿quieres ver un secreto?
- ¡Claro! contestó asombrado.
- Cierra los ojos, dijo ella.
Entonces, la misma mano que antes limpió su lágrima, se volvió a deslizar por su mejilla.
- ¿A que ahora no te asusta?
- No... dijo Pablo tímidamente.
- No conozco a mucha gente. Mi madre trabaja mucho, y paso mucho tiempo sola. Tengo que cuidar a mi hermana pequeña, y clase falto mucho- comentó Elisa.
- Yo perdí a mi mejor amigo, y también estoy solo.
La brisa comenzaba a ser algo más fría y el alba comenzaba a despuntar, en el horizonte.
- He de marcharme, dijo ella.
- Y yo, es tarde -contestó Pablo- Me caes bien Elisa. ¿Volveremos a vernos?
- Eso no lo sé -dijo ella- si me esperas aquí cada noche, me volverás a ver.
- Esperaré entonces, terminó diciendo él.
A la noche siguiente, allí estaba él. En su banco rojo, la noche casi calcada, las ganas, in crescento según se acercaba la hora. Pero el tiempo pasaba, y nadie aparecía. Una hora, dos, tres...
Decidió levantarse. Al hacerlo, una nota cayó al suelo. Estaba sentado encima de ella. La nota rezaba esto:
' Pablo, te dije que me esperaras. Sé que lo has hecho. Yo no he podido venir, porque he tenido que partir con mi madre y mi hermana, volviendo a huír de nuestro pasado. Sabía que tenía que irme, pero no quería romper la noche de ayer. Pero quiero que sepas que cada noche, cuando mires al cielo, y veas una estrella brillar muy fuerte, esa soy yo, que, como te dije, cada noche te acompañaré. Eres mi único amigo. No me olvides, yo te cuidaré. Elisa'
Esbozó una sonrisa. Pero también sintió rabia. Su misterio, su aura, sus ojos grandes a la luz de la luna, se habían clavado en él. Sólo sabía un nombre, sólo tenía una imagen.
Durante semanas, pasaba por ese lugar de vuelta a su casa. El verano comenzaba a morir, y la vuelta a la ciudad estaba próxima. Aquel sería, sin duda, su verano más alegre y triste. Un cúmulo de contrastes, igual que los días sofocantes de calor, y las noches ya refrescantes anunciando el otoño.
Decidió parar en el banco, en aquella estación. Una última vez más. No había grillo, ni luna, ni aire limpio, ni Elisa... Gritó.
Entonces, una mano le tapó la boca. Quedó inovilizado. Cerró los párpados y unos cálidos labios se rozaron con los suyos. Y estremeció... La cálida voz había vuelto.

Estación de tren de Lloseta
