Todo pasó. Como un mal sueño, una pesadilla sin fin. Esa sensación de que te caes de un barco, y sobresaltas, te despiertas con un susto. Nunca terminas de caer.
De repente, vuelves a conciliar en sueño. Esta vez es mejor, más placentero. La tranquilidad te inunda. El mundo se detiene. Cierras los ojos, y cuando los abres, han pasado horas, y parece un simple parpadeo.
No entendía a esa gente que le miraba mal. No sabía por qué le deseaban el fracaso. No asimilaba que algo pasaba, que su buzón no se llenaba, que el viento le esquivaba, y que la única aliada era una pequeña sombra caprichosa que variaba según la luz del omnipresente lucero diurno.
Trabas, dudas, temores... pisadas y más caidas. Y una pequeña trinchera hacía de porche en tiempos de ira.
Pero ahora todo era distinto. Se hizo fuerte, sí, y no a base de anabolizantes musculares, sino de madurez cerebral, de tacto sutil a la hora de decidir; capacidad prospectiva más allá de un simple saludo. Todo lo macanizó. Dejo de dejarlo todo a la improvisación.
Recordó entonces cuando todo era espontáneo. Genuino. Único. ¿Ahora lo era? El pensaba que sí. Pero estaba supeditado a la gente, a sus historias, a sus desplantes.
Decidió levantarse de la cama.
Hoy no quería dormir.
Hoy nadie iba a dormir.
Bienvenido a mi mundo. Y se lo comió.
